Él es un transformador de
carne humana; un creador de monstruos. Si un Suplicante viene a él con
suficiente necesidad, suficientemente hambriento para cambiar, sabiendo qué tan
doloroso el cambio será, lo acomodará. Se convierten en objetos de belleza perversa
bajo su mano; sus cuerpos rehechos en modas que ellos no tienen poder de
mandar.
Sobre los años, sobre los
siglos, ciertamente, esta criatura extraordinaria se ha regido por muchos
nombres. Pero lo llamaremos por el nombre de pila que recibió alguna vez: Agonistes.
¿Dónde lo encontraría un
Suplicante? Usualmente en lo que él llama «los lugares de ardor»: desiertos,
por ejemplo. Pero algunas veces él puede ser encontrado en lugares de ardor en
nuestras ciudades inflamadas: sitios en donde la desesperación ha chamuscado
toda creencia en la esperanza y el amor.
Allí él se mueve,
silenciosamente, irreprochable, su presencia apenas es más que un rumor. Y allí
él espera a esos que necesitan encontrarlo.
Cuando un Suplicante se
presenta, él o ella, allí nunca hay coerción. Nunca hay violencia, al menos
hasta que el Suplicante haya cedido su carne.
Entonces sí, pueden haber
algunas dudas, una vez que el trabajo comienza. La verdad es que en muchas
ocasiones un Suplicante ha implorado morir antes que continuar siendo
«manipulado» por Agonistes. Duele en exceso, dicen, cómo sus bisturís y sus
antorchas operan su cirugía terrible en él. Pero en todo el tiempo que ha
estado vagando por el mundo, Agonistes sólo una vez, en toda la vida, ha
concedido la comodidad de la muerte a un Suplicante que cambió de idea. Ese
hombre fue Judas Iscariote, quien le suplicó a Agonistes ahorcado de un árbol.
En los demás él trabaja, a pesar de sus quejas, algunas veces por días y
noches, retornando a sus labores cuando un pedazo de carne ha sanado,
permitiéndole comenzar ya en la siguiente parte de la cirugía.
Hay algunas compensaciones
menores para todo este dolor, los cuales Agonistes ofrecerá tal vez a sus
Suplicantes como él trabaje. Él les cantará, por ejemplo, se dice que se sabe cada
arrullo escrito, en cada lenguaje de mundo; las canciones de cuna y de pecho,
para apaciguar a los hombres y las mujeres que él rehace en la imagen de sus
terrores.
Y, si por alguna razón él se
siente particularmente compasivo con el Suplicante, Agonistes puede dar a su
víctima un pedazo de su propia carne para comer: sólo un trocito, cortado con
uno de sus bisturís más finos de la carne blanda de su muslo, o su labio
interno. Según la leyenda, no hay comida más reconfortante, más exquisita que
la carne de Agonistes. Un mero trozo de eso en la lengua del Suplicante los
hará a él o a ella olvidar todos los horrores que enfrentan, y se entregan a un
lugar de calma paradisíaca.
Entonces una vez que su
cliente es apaciguado Agonistes continua su trabajo, cortando, ardiendo,
cauterizando, estirando, torciendo, reconfigurando.
Algunas veces traerá un espejo
para mostrar a sus Suplicantes lo que él tan lejanamente ha creado. Algunas
veces dirá que quiere que los resultados sean una sorpresa. Y así el
Suplicante, sólo le queda imaginar, a través de la neblina de dolor, en qué lo
transforma Agonistes.
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