Es un arte lo que logra
Agonistes.
Él afirma que es «El primer
Arte», esta creación de carne nueva, siendo el arte que Dios solía usar para
dar vida al ser. Agonistes cree en Dios; reza para Él noche y día:
agradeciéndole por hacer un mundo en que hay tanta desesperación y un hambre
tan profundo de venganza que los Suplicantes le buscan y le piden que los
reconfigure en la imagen de su ideal monstruoso.
Y parece que Dios
aparentemente no encuentra ofensa en lo que hace Agonistes, porque para dos mil
años y medio que ha recorrido caminando el planeta, realizando lo que él llama
su arte santo, y ningún daño le ha venido. De hecho, ha prosperado.
Algunas de las personas que
estuvieron bajo su cuchillo, como Poncio Pilato, tienen un sitio en la historia
de nuestra cultura. Muchos son anónimos. Él ha transformado a los potentados y
los gángsters, a actores que fallaron y a los arquitectos; las mujeres que fueron
engañadas por sus maridos y vienen buscando una forma nueva para dar la
bienvenida a su adúltero, en sus relaciones sexuales entre casados; las
maestras de escuela y vendedoras de perfumes, entrenadores de perros y
quemadores de carbón. Los poderosos y los insignificantes, el noble y el
campesino. Mientras son Suplicantes sinceros, y sus oraciones suenen genuinas,
entonces Agonistes estará atento a ellos.
¿Quién es él, este Agonistes?
¿Este artista, este peregrino, este transformador de carne y huesos humanos?
En verdad, nadie realmente lo
sabe. Hay un volumen cismático en la Librería del Vaticano llamado «Un Tratado
sobre la Locura de Dios», escrito por un Cardinal Gaillema en el medio del
siglo diecisiete. En él, Gaillema argumenta que la historia de la Creación del
Mundo ofrecida en el Libro del Génesis está equivocada en varios detalles, uno
en particular es relevante aquí: En el séptimo día, el Cardinal discutió, Dios
no descansó. En lugar de eso, llevado en un tipo de estado eufórico de fuga por
los labores de Su Creación, Dios continuó trabajando. Pero las creaciones que
Él hizo en Su estado agotado no fueron las bestias sanas con las cuales Él
había poblado al Edén. En un día y una noche, errante en medio de las glorias
frescas de creación, Él hizo formas que desafiaron toda la belleza de su
trabajo anterior.
Destructores y demonios, éstos
fueron antítesis de las formas sanas que Él había hecho en los primeros seis
días.
Una de las criaturas que
Jehová creó, según el Cardinal fue Agonistes.
Por eso es que Agonistes puede
rezar a Su Padre en el Cielo, y esperar ser escuchado. Él es —al menos según
cuenta el Cardinal Gaillema— una de las creaciones propias de Dios.
Y no hay duda de que en su
forma perversa Agonistes sirve una función. Sobre los años, sobre los siglos,
él fue la respuesta para las oraciones incontables para la liberación de
impotencia.
Las palabras pueden cambiar de oración en oración, pero en
la carne de ellos está siempre la misma:
-Oh, Agonistes, entregador oscuro, hazme a la imagen de las pesadillas
de mis enemigos. Deja a mi carne ser como las cosas donde tú guardas sus
terrores; deja a mi cráneo ser una campana que suena su toque de difuntos. Dame
una canción para cantar, la cual será la canción de su desesperación, y les
dejará a ellos despertarse y encontrarme cantándola al pie de sus camas.-
-Deshazme, desbarátame, transfórmame.-
-Y si tú no puedes hacer eso por mí,
Agonistes, entonces déjame ser excremento; déjame ser nada; menos de nada.-
-Pues quiero ser el terror de mis enemigos,
o quiero el olvido.-
-La elección, Señor, es tuya.-
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